¿Por qué esta medida se ha convertido en el estándar de la botella de vino? En realidad no existe una respuesta única y probablemente sean varios los factores que han contribuido a fijar en 750 ml el tamaño estándar de la botella de vino.

La historia de la botella de vino

La humanidad lleva más de ocho mil años disfrutando del placer de la ingesta de vino, aunque se sabe que este preciado líquido se produjo por primera vez en una época tan remota como el neolítico, en la región que hoy ocupan Irak e Irán.

En sus inicios, el recipiente más habitual para contener el vino eran pellejos de animales u objetos de barro. En el siglo XV a. C., aparecen por primera vez, en las costas del Líbano y Siria, las ánforas de arcilla, empleadas primero por los egeos, en la ciudad cretense de Knossos y más tarde por los antiguos griegos y romanos, como principal medio de transporte y almacenamiento de varios alimentos, entre ellos la uva y el vino.

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Ánforas para el transporte de vino: Cultura Romana, siglos I-IV d.C.

Cuando el Imperio Romano conquistó Galia, los romanos descubrieron que los galos utilizaban barricas de madera de roble para almacenar cerveza. Enseguida aprendieron a elaborarlas y a sustituir las ánforas por las barricas de madera para almacenar el vino, un brevaje muy apreciado en la época. Con la invención de los fenicios del soplado del vidrio hacia el siglo III a. C., la producción de envases de vidrio no sólo se incrementó, sino que permitió la elaboración de contenedores redondos y cerrados, algo que aprovecharían también los romanos, cuyos primeros testimonios de vino en recipientes de cristal provienen de esa misma época.

La estanqueidad del vino en el vidrio no se pudo materializar hasta entrado el siglo XVIII, y no fue hasta 1821, en la ciudad inglesa de Bristol, cuando comenzaron a fabricarse las botellas de cristal en serie, de la manera que más o menos conocemos hoy.

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De la era imperial hasta nuestros días

En realidad, la adopción del formato de botella de 750 ml es debido a un desarrollo relativamente reciente. Fue en la década de los años 70 cuando se impuso esta medida en muchos países. Estados Unidos, siguiendo la legislación europea, haría lo propio cuando estableció su estándar métrico para envasado de líquidos, que entraría en vigor en 1979.

Otra de las teorías más extendidas es más bien de carácter práctico, y se remonta en la adopción de la técnica del “soplado” para la producción de botellas de vidrio. Obviamente, la capacidad pulmonar del soplador era limitada, así que la fuerza de un soplado podría alcanzar la elaboración de botellas de un tamaño de hasta 650-750 ml.

Otra teoría apunta a que el tamaño de 750 ml resultaba el más conveniente tanto para los clientes como a los viticultores. Según esta teoría, 750 ml sería la cantidad exacta de vino para servir 6 vasos (125 ml cada uno), según el estándar habitual de las osterias italianas (antiguas tabernas, aún vigentes hoy en día). Hay quien dice que esta norma se estableció en la Francia napoleónica del siglo XVIII, al considerarse «la cantidad adecuada que un hombre debe beber durante la cena».

El tamaño importa

El contenedor del vino es un factor importante que influye en la calidad del líquido que contiene. Por ejemplo, para los expertos en materia enológica, el formato “Magnum” (botellas de 1,5 litros) favorece un envejecimiento del vino más lento y armonioso debido a la mayor capacidad del recipiente y a una menor proporción de oxígeno-líquido. Este proceso de maduración, muy apreciado en los grandes vinos, hace que su evolución sea más estable e incluso consigue que su ciclo de vida sea mayor, conviriténdolo en una opción ideal para los vinos de larga guarda.

Así pues, a mayor volumen de vino en una botella, más lento es el envejecimiento del mismo. De este modo, el tamaño de 750 ml sería un tamaño muy favorable para la expresión de los matices del vino. Como la cantidad de oxígeno es más reducido que en botellas de mayor capacidad (como la “Magnum”) el proceso de evolución del vino se aminora y sus virtudes aromáticas y gustativas se multiplican.

Parece que han sido varias las causas que han traído la botella de vino de 750 ml encima de nuestras mesas. 

Aunque para gustos, colores, o mejor dicho, tamaños.